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Es momento de repensar nuestra relación con la naturaleza

Tarsicio Granizo
Director País
WWF-Ecuador
 
Dependemos de la naturaleza. La mayoría de las cosas que tenemos, que consumimos, que necesitamos, vienen de ella: medicinas, alimentos, fibras y muchas otras cosas. Si la naturaleza es afectada la consecuencia es inevitable: todos nos afectamos. Y al revés, una naturaleza saludable beneficia a todos los seres de la Tierra. Y por supuesto también a nosotros.

Estamos viviendo una crisis gravísima producida por un pequeño virus. Pero ¿es solo el virus el responsable? Más allá de la discusión de si el COVID19 pudo haber “saltado” de una especie de vida silvestre al humano, tal como ha ocurrido con otras enfermedades, la pandemia nos ha hecho reflexionar sobre la enorme responsabilidad que tenemos los seres humanos en mantener y trabajar por una naturaleza sana.

Un claro ejemplo es el de la polinización y la agricultura. La polinización, ese simple acto en el que el polen de una flor fecunda el ovario de otra o de si misma, es un proceso que sucede a través de muchos seres: abejas y un sinfín de insectos, murciélagos, colibríes y hasta ratones que se alimentan del néctar de las plantas. Entonces es claro que la productividad de la agricultura depende en gran medida de la polinización.

No podemos hablar de salud pública, productividad, de educación, o de cultura, si no tenemos una naturaleza saludable como base para nuestra supervivencia.

Aún hay un debate muy serio sobre la relación entre las pandemias, la destrucción de la naturaleza, y la salud humana. Los bosques tropicales, como los que tenemos en la Amazonía y en el Chocó ecuatoriano, son el hogar de millones de especies, muchas aún desconocidas por la ciencia. No en vano somos uno de los 17 países más biológicamente diversos del planeta. Esta biodiversidad también incluye virus, que cuando cambian sus ambientes, pueden mutar velozmente y adaptarse a nuevas condiciones y nuevos anfitriones. El ébola, el virus Marburg, la fiebre de Lassa, la viruela del simio y el precursor del VIH son una muestra minúscula de lo que podría convertirse en una miríada de enfermedades sin descubrir.

Por otro lado, la tala indiscriminada llevada a cabo en bosques tropicales crea inestabilidad en los ecosistemas, lo que conduce al desarrollo de enfermedades portadas por zancudos, incluyendo la malaria y el dengue. Así como la naturaleza brinda beneficios ambientales fundamentales para nuestra supervivencia como, por ejemplo, la polinización, su destrucción no solo debilita esos beneficios, sino que, además, puede tener serios impactos negativos para los humanos.

La crisis que estamos viviendo nos debe llevar a reflexionar sobre la relación de los seres humanos con la naturaleza. Las lamentables pérdidas humanas y los altos costos socioeconómicos de esta pandemia se deben, entre otros factores, a que nuestra relación con la naturaleza se ha vuelto insostenible, y sobre todo, a que hemos creado sociedades consumistas, sedientas de riqueza y comodidad, pero al mismo tiempo inequitativas y excluyentes. Es necesario un nuevo “contrato social” con la naturaleza, incluso para recuperar las economías de los más pobres, sin la tentación de flexibilizar las leyes ambientales y sociales que podría llevarnos a continuar destruyendo la naturaleza y a no fijarnos en las consecuencias sociales, económicas y políticas en el largo plazo.

Es por eso que esta situación nos obliga a pensar en un cambio de paradigma, a replantear nuestro modelo de desarrollo, a repensar cómo vivimos la globalización, e incluso, a fortalecer la democracia participativa; debemos empezar a caminar hacia sociedades más solidarias y justas. Resulta imperativo revisar nuestros modelos de producción y nuestros hábitos de consumo, e incluso en repensar el crecimiento económico –ya hay voces que claman por la necesidad de un decrecimiento económico. Dicen que de esta pandemia no se recuperarán y surgirán los más fuertes, sino los que se ayuden, los que se apoyen. Regresar a la “normalidad” es decir, al famoso “bussiness as usual”, no debería ser factible porque la situación que tenemos hoy en día se debe precisamente a que el problema de fondo es esa “normalidad”.

El debate entonces será si recuperamos la economía en detrimento de la naturaleza, o si en verdad podemos conseguir de los tomadores de decisión, la voluntad y los recursos para impulsar los cambios sistémicos necesarios para garantizar un futuro justo, seguro y saludable para todos. Es decir, un planeta sano para una humanidad sana.

Este es el momento de empezar a hacernos nuevas preguntas y a buscar nuevas respuestas. ¡Y por fin, a pensar y actuar diferente!
© Nico Kingman
Repensar y cambiar nuestra relación con la naturaleza

 

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