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El 'escritor del sur' que dedica poemas a la tortuga más grande del mundo

Arcesio Calderón ha monitoreado a esta milenaria tortuga con el fin de protegerla. Su dedicación lo ha motivado a escribirle cortos cuentos a esta especie.

En Playona, una kilométrica playa del sur de Acandí, un municipio colombiano fronterizo con Panamá ubicado en el extremo norte del Chocó, y a orillas del mar Caribe, Arcesio Calderón se hace llamar el “escritor del sur” y le escribe poemas a la tortuga más grande del mundo, la tortuga caná, a quien monitorea junto a un grupo de miembros de la comunidad cuando llegan hasta su casa para desovar.  

Arcesio lleva monitoreando a esta milenaria tortuga por seis años, aunque ya son diez los que lleva involucrado en el proceso comunitario con el consejo Cocomasur. Ha sido un viaje complicado, porque al principio eran muy pocos los miembros de la comunidad los que estaban implicados en el proceso de monitoreo y concienciados con la conservación. Pero con hechos, estos guardianes de las tortugas han podido sumar más cuidadores a sus filas. 



Para este lugareño, formar parte de las actividades de monitoreo no era suficiente. “Viendo las consecuencias para las tortugas, viendo lo que los humanos les hacemos a las tortugas me he inspirado y he escrito varios cuentos”. El más célebre, 'Las tres tortuguitas y el pedazo de red':
 
El día 6 del mes 6 a las cinco de la tarde salí de mi lugar con un deber 
a proteger la tortuga caná y carey 
cuando de repente en la zona de vegetación escuché una bulla 
y vi una águila como queriendo cazar 
y vi seis “aleticas” como pidiendo auxilio 
me acerqué y a las tres tortuguitas pude liberar 
las tomé dentro de mi mano y me daban palmaditas como de agradecimiento 
y por eso les pido a todos los pescadores que no echen redes al mar 
porque a las playas van a parar  
y muchas tortuguitas van a matar 

Las tortugas caná y carey, que encuentran un lugar seguro en estas playas del Caribe colombiano para dejar a sus hijos, enfrentan muchas amenazas, cuenta Carlos Vecino, compañero de Arcesio en el monitoreo y líder comunitario.

Para las pequeñas que nacen en el mismo lugar en el que nacieron Arcesio y Carlos suponen una amenaza los cangrejos, las huellas de las vacas en la playa -donde se pueden quedar atrapadas-, las redes de pesca, las águilas, los perros y los mismos humanos. Mientras que para las adultas también son peligrosas las redes de pesca, los humanos, los perros que las muerden cuando están desovando, los palos y las playas muy sucias.



Según Carlos, presidente del consejo local de Playona, ha habido muchos cambios en los ocho años desde que él empezó a monitorear a las tortugas, la gente “se ha dado cuenta de que la naturaleza es una de las cosas más importantes que hay en el mundo”, e incluso muchos de los habitantes de la zona que veían con malos ojos el monitoreo y las actividades de conservación que este grupo de lugareños valientes adelantaba han cambiado de opinión. “La naturaleza no es de nosotros, nosotros somos de la naturaleza, por lo tanto hay que cuidarla”, enfatiza Carlos. 

 Y se nota. Desde que hacen monitoreo “se ve que la población de tortugas es muy juvenil”, algo que notan por la piel y porque han logrado marcar a un par que han vuelto a la playa. También porque la población de tortugas ha ido aumentando, lo que significa que “se está haciendo bien el trabajo”. 

Una ardua, pero bonita tarea 

Desde finales de enero, el equipo de monitoreo empieza con la limpieza de playas para que cuando lleguen las tortugas “encuentren la cama lista” y para finales de febrero empiezan con el trabajo de seguimiento en un horario que suele arrancar a las 8 de la tarde y se alarga hasta las 2 de la madrugada. Cada miembro del equipo carga con su morral, en el que no puede faltar una linterna (con luz roja), metro, lápiz, bolsas de plástico, guantes, GPS y libreta de campo. 

Cuando una de ellas se aventura a salir para poner sus huevos, empieza el trabajo de estos cuidadores: mirar la hora, si viene saliendo del mar, subiendo o haciendo el nido, así como anotar el clima, en qué zona está, si tiene mutilaciones y si tiene placa, relata Carlos tras una noche de monitoreo. En el momento en que va a desovar se le mide el ancho y el largo, y se recogen los huevos con una bolsa a la vez que se cuentan, cuántos huevos fértiles e infértiles puso. 
 

Después se llevan los huevos lo más rápido posible al vivero, una instalación en el medio de los tres kilómetros de playa que monitorean para prevenir las amenazas que enfrentan y asegurar que puedan llegar a nacer. “Los nidos naturales pueden tener un éxito de eclosión bueno, pero si no estamos en el momento preciso los perros, los cangrejos y las águilas se los comen”, cuenta Carlos. 

Al vivero, que suele tener unos 350 nidos, llegan los huevos con el fin de evitar depredadores y tener un registro que permita tener mejores resultados de eclosión y supervivencia de las tortugas bebés, porque la tortuga caná “está en vía de extinción”. “La idea es liberar y liberar tortugas, porque se dice que, de 1.000, una puede llegar a la edad adulta”, explica Carlos. 



Por eso, cada nido tiene una estaca en la que se escribe la fecha en la que se recogió y la fecha estimada de eclosión. Cuando nacen, ponen a los “niños”, como se refieren a los bebés, en un recipiente para que se activen y, una vez están listos, los sueltan a unos metros de la orilla. “Ellos hacen reconocimiento a través de la barriga, entonces no podemos tirarlos directamente al agua, porque quedan perdidos. Así tienen la posibilidad de saber de dónde vinieron para que puedan regresar otra vez”, concluye Arcesio. 
© Fílmico Colombia
Arcesio lleva monitoreando a esta milenaria tortuga seis años, aunque ya son diez los que lleva involucrado en el proceso comunitario con el consejo Cocomasur.

 

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